Una noche con Pedro.
Pedro Infante, en la regadera de mármol italiano construida especialmente para él en su camerino de los Estudios Churubusco, se desmaquilla la pintura negra y grasosa que utilizó para convertirse en costeñito. Se friega la cara con estropajo y jabón de lavanda francés. El vapor del baño sale por la puerta abierta e invade todo el cuarto y le ayuda a atemperar los vellos de su cara mientras se rasura con navaja. Pedro lleva todo el día excitado; durante la entrevista en la W-AM en la mañana habló dos horas del amor y la devoción que él tiene para todas las viejitas; contó que ellas son su inspiración en las películas y que su mayor satisfacción proviene de hacerlas feliz. Él sabe que a las mujeres mayores de edad les gustan los hombres limpios, pulcros y ante todo que huelan muy bien. Por eso Pedro se refresca la cara rasurada con una colonia Vetiver mezclada con Azahar de Paris elaborado especialmente para el PH de su piel. Y viste su sobrio traje negro de charro, con camisa blanca y moño negro bordado con hilo de seda también negro. Para evitar las molestias de sus fans y también a los gorrones, su camerino tiene una salida directa a un estacionamiento privado, donde el chofer tiene el ensordecedor motor V12 del Cadillac encendido y listo para llevarlo con Doña Martita. Después de varios meses de un caballeroso cortejo mediado por cartas, flores, joyas y ¡por supuesto! una irresistible serenata que le cantó el mismo, la viuda Martita sucumbió y aceptó salir con el insistente galán cuarenta y dos años menor que ella. A Pedro se le avientan y manosean, le piden hijos y wawis también, muchos hombres y todas las mujeres del mundo. Pero no las que a él le gustan. Las mujeres mayores son las más difíciles de seducir y las que más fácil se intimidan con su imagen de símbolo sexual en la pantalla grande. Las mujeres geriátricas, post-menopáusicas, de libido adormecido, con cuerpos chorreados y vagina reseca, quizás piensan que nada tienen para ofrecerle al codiciado semental. Cuando mucho se animan a darle un respetuoso beso fraternal en la mejilla, a veces solo en la frente, mientras que él lo que quisiera es venirse sobre ellas, enroscando su pene seco por falta de lubricación en las maleables tetas que sólo ellas tienen después de amamantar varios hijos y por más de medio siglo de uso. Pedro desea cogérselas por el ano sobando su pecho en la joroba expuesta, fantaseando con quitarles los dientes postizos y meterles la verga a cambio; le gustaría ahogarse enterrando su cara en la celulitis agrietada del interior de sus muslos. Pero él sabe que debe ejercer extrema precaución y contención para no asustar, en su primera cita, a Doña Martita.
La viuda Martita vive con dos sirvientas en una gran casona de la colonia San Rafael; producto de la cuantiosa pensión que la compañía minera alemana otorgó a su difunto marido. Él ha sido el único hombre que la vio desnuda y murió hace más de veinticinco años. Para las fantasías de Pedro, cogerse a Doña Martita es como desvirginarla por primera vez. A la puerta principal de la casona desciendió del coche Pedro ceremoniosamente; con su mano izquierda acarició los dedos artríticos de Martita al mismo tiempo que le entregó un ramo de rosas. Ella lucía hermosa con su vestido negro y le dió la bienvenida sin poder mirarle a los ojos. Al recibirle las rosas Pedro se acercó con la intención de un beso pero ella giró para entregarle el ramo a la sirvienta. Pedro esperó a que se dirigiera a él y entonces la tomó de los hombros y le plantó un beso en el cachete. Envuelto en el aroma penetrante de la viejita, un olor intermedio entre orín de gato y geranios, Pedro sudaba de felicidad. El deseo incontenible de poseerla le dió la idea de proponerle una cena íntima en su restaurante favorito en Paris. De pronto temió que ella podría no sobrevivir el viaje y ¿si tuviera que enterrarla allá antes de haberle comido la pucha?. Se decidió entonces por el plan original. Cuando llegaron al restaurante toda la gente volteó a ver a Pedro Infante y a quien, asumieron, era su abuelita.
La viuda Martita estaba nerviosa y aceptó un tequila de aperitivo para brindar. Ella le platicó con voz grave y en tono bajo sobre su infancia durante la revolución; le habló de su madre y de los recuerdos del único viaje, a Alemania, así como de los colores y sus comidas favoritas. La viejita no dejaba de parlotear pero Pedro le escuchaba gustoso. Conforme pasaron del tequila al vino y luego al anís, Doña Martita callaba para tomar aire mientras fijaba su mirada en los ojos a Pedro. Permitió entonces que Pedro le hiciera preguntas y con el rompopito le dejó acariciar su mano. Pedro la observaba enamorado. "Ella huele a nostalgia, es elocuente y simpática", se decía; y estaba dotada de unos enormes pechos que él hubiera querido liberar, allí mismo, del confinado corset victoriano de tafeta y encaje para agarrarle a mordidas. Doña Martita se empezó a sentir muy mareada, le agradeció efusivamente a Pedro la cena y le rogó que la llevara a su casa. Una vez en el Cadillac ella se desparramó dormida sobre el pecho de Pedro. Él le pasó la mano por la nuca y la papada, cuidando de no lastimarle el peinado artesanalmente confeccionado, sin dejar de mirarle los pechos. En una curva se le resbaló una pierna y sus muslos quedaron expuestos provocándole una erección a Pedro. Él, también borracho, no se resistió y con extremo cuidado porque así no le faltaba al respeto, le metió los dedos en la vagina. Disfrutando de la textura pastosa y el calorcito árido que sintió en los dedos, se los llevó a la nariz y después se los rechupeteó en la boca. Cuando llegaron a la casona de San Rafael, la levantó cariñosamente y la cargó hasta la puerta, donde el chofer y las sirvientas la recibieron. A modo de despedida Pedro le besó la mano, le levantó tímidamente la cara y le dio un beso en la boca. Las sirvientas la cargaron rápidamente al interior de la casa y cerraron la puerta.
Pedro llegó esa noche a su casa con una enorme erección y el pene de color morado. Se desnudó y se acostó sobre las sábanas negras de satín y procedió a chaqueteárselas. Se la jaló en seco, se apachurró con aceite mineral, estrujó su pene azulado con ambas manos, pero no se pudo venir ni consiguió que se le bajara la erección. Con los brazos adoloridos mandó llamar a la sirvienta por el interfón. La recibió desnudo y con la erección morada apuntando hacia ella. Pedro se recostó y sin decir nada la sirvienta se abalanzó sobre su verga y la mamó durante horas, chupándosela caliente y emocionada, sin parar, y cuando finalmente se detuvo fue porque Pedro se había quedado dormido, cansado y frustrado.