Una noche con Oscar.
Oscar Niemeyer trabaja de noche; la luz del sol, el calor del día y los tataranietos lo distraen. Su obra la conceptualiza en un estudio construido en forma de un espacioso cubo de cemento pulido y teñido de blanco, aunque la humedad de São Paulo y el pasar de los años le han devuelto un poco del tono gris de la mezcla original. En este espacio no tiene distracciones, ni sus ideas arquitectónicas tienen competencia. Una pared sostiene la puerta forjada de acero pintado de blanco, a uno de sus lados se encuentran un secreter y libreros y del otro lado de la entrada yace una cama con sábanas de satín blanco. Hay restiradores, también de acero pintado y que casi alcanzan el techo, contra cada una de las otras tres paredes. Cuentan con un sofisticado sistema de asientos hidráulicos que le permiten llegar a una altura cómoda para proyectar las edificaciones sobre papeles lisos y brillantes ajustados mecánicamente contra los restiradores. Oscar dibuja los planos de una mezquita para la ciudad de Fukuoka sobre papel blanco de gran tamaño, trazando líneas negras ondulantes con un pincel de bambú y tinta china, las pinceladas parecen cuerdas de violonchelo vibrando bajo la mano de Yo-Yo Ma. Ill Vecchio Castello (El viejo castillo) de Mussorgsky se ve interrumpido al apagarse la luz por un trueno y su consecutivo relámpago dentro del estudio. Donde pego el rayo en el suelo de concreto hay un agujero quemado, pero en la habitación no hay humo, el techo y el resto de la construcción están intactos, pero la habitación se mantiene iluminada por las lentas reminicensias del rayo. Niemeyer observa en silencio y recapacita asustado sobre lo que acaba de suceder; busca sentado en la silla del restirador una explicación lógica para un ingeniero, pero no la encuentra. Baja al suelo, cruza asistido por un bastón el estudio y rodea la profunda figura negra en el suelo sin quitarle la vista. De un pequeño compartimiento del secreter de Frank Lloyd Wright, saca un cigarro de marihuana lima-limón hidropónica sembrada en invernaderos subterráneos en Japón, mezclada con hachís pakistaní y lo enciende tosiendo, mientras continua circulando alrededor del agujero negro. Tomando una conclusión, una gota de lsd y un pellizco de mezcalina, se sienta en el restirador y agrega una alberca de azulejos negros en el sótano de la mezquita. Una nube formada con vapor de agua hirviendo, empieza a llover gotas calientes dentro del agujero negro en el suelo. Al acabar de llenarse la alberca oscura, la nube se distiende haciendo del taller un sauna. Niemeyer se quita la ropa de lino crudo y se mete a nadar desnudo. De entre la cálida niebla, de cada una de las esquinas, se acercan cuatro ninfas vestidas con gasa de seda transparente, coronas de hojas de laurel y lentes de carey en forma de corazones. Las cuatro ninfas se ven delicadas, sonríen tímidas y avanzan meneando seductoramente sus culos de niñas de catorce años hacia él. Oscar no puede más que reír de placer, por las inesperadas visitas y por la dura erección que hace más de diez años no lograba. Él chapotea salpicándolas y ellas bailan coquetamente alrededor del agujero negro. El Balet Nevylupivshikhsya Ptentsovde (Ballet de polluelos en sus cáscaras) de Mussorgsky regresa a todo volumen y las ninfas bailan tocándose sexualmente entre ellas, pero sin quedarse quietas ni un instante. Oscar se marea con ellas volando a su alrededor, no puede seguir a ninguna, ni quedarse viendo fijamente el mismo lugar, porque siempre se pierde de algo irrepetible. Con la misma actitud que los metales del inicio Catacombae (Catacumbas), se abalanza sobre la primera que se le cruza enfrente y jala a la ninfa de piel morada de una pierna al agua. Oscar se rasguña la panza con las uñas largas del pie púrpura, la suelta y esta se hunde al fondo. Las demás ninfas avientan los lentes de carey en forma de corazones y lo ven con fuego en los ojos, cuando resurge la ninfa morada, con los cabellos convertidos en serpientes y por primera vez abre la boca para revelar once filas de dientes estrictamente carnívoros. Las otras ninfas siguen el ejemplo, le enseñan las fauces y se avientan al agua. Al entrar las coloridas melenas en contacto con el liquido negro, se convierten en matas de serpientes venenosas. Las ninfas atacan a Oscar como pirañas hambrientas en época de sequía y sólo dejan su pene con los testículos casi totalmente desprendidos. Temprano en la mañana, Maria su secretaria y esposa de 20 años de edad, venía a recoger los planos de la mezquita para escanearlos y a cambio encontró el pene con uno de los testículos ya flotando por su propia cuenta en una alberca de sangre en el centro del estudio. Maria no pudo contener una sonrisa de alivio antes de hablarle con tono consternado a la policía y a la aseguradora suiza.
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